textos

Un texto es una composición de signos codificado en un sistema de escritura (como un alfabeto) que forma una unidad de sentido. Su tamaño puede ser variable ¿los hay pequeños, medianos y grandes+.

También es texto una composición de caracteres imprimibles (con grafema) generados por un algoritmo de cifrado que, aunque no tienen sentido para cualquier persona, si puede ser descifrado por su destinatario original.

En otras palabras un texto es un entramado de signos con una intención comunicativa que adquiere sentido en determinado contexto.

Los textos que contiene esta página no estan entrelasados unos con  otros, todos tienen una coherencia en si mismos, y porque no una coherencia en el todo. Escribimos por la necesidad de escribir, expresarnos, ,cuestionar. No concebimos el arte en este sistema sino es un medio que cuestiona. Queremos que el espectador lea, vea y oiga nuestros productos y al terminar sea otra persona, diferente a lo que era antes de leer, ver y oir.

Chesterfilms

Manifiesto

Por Mauricio Aldecosea

Montevideo es una ciudad amurallada, y sus habitantes caminan como dormidos ocultando sus corazones tras una multitud de defensas. Nuestra generación desencantada ha convertido la ironía cobarde en su religión y su lengua, y pocos crímenes son castigados con la crueldad con que se castiga la sinceridad. Nuestro país es una tierra de ojos temerosos, bocas llenas de colmillos y manos tímidas.

El fracaso de los sueños de nuestros padres nos ha vuelto una nación de perros que escapan al menor avance de la esperanza. Levantamos las murallas para no sufrir y ahora son tan altas que nos niegan la luz del sol y la brisa del otoño y la caricia en el cuerpo. Cargamos con la sonrisa irónica en los labios como los cobardes cargan ocultas armas de fuego, sin ver que la tan alabada postura no es otra cosa que el rigor mortis de nuestros espíritus.

Celebramos el arte de lo familiar, refugiados en el confort de lo conocido y escapando de cualquier compromiso real, de cualquier posibilidad de fracaso. Temerosos del dolor de la vida, elegimos no vivir.

Algunos estamos determinados a destruir esta ciudad gris, detenida para siempre en el pantano de la seguridad. Ya fuimos irónicos y ya fuimos distantes y ya fuimos conformistas y ya escapamos por una multitud de caminos.

Hoy exigimos más.

Desde hoy hemos de cometer la herejía de llevar la honestidad en los labios, el corazón al desnudo y la melodía de los sueños en el espíritu. Quizás seremos heridos, pero el dolor nos recordará nuestra vida, no nuestra muerte. Quizás seremos odiados, pero llevaremos el odio y las burlas de los cobardes como medallas de honor. Quizás hemos de fracasar, pero nuestro fracaso será más valioso que el triunfo hueco de los indiferentes.

No proponemos nada novedoso. Hemos existido de una u otra forma desde el comienzo de los tiempos. Tenemos un ejército de ancestros a nuestras espaldas, y sobre sus hombros alzamos nuevamente la bandera del Sentimiento, contra el estandarte sangriento de la Cobardía; de lo contrario todos los puentes se derrumbarán bajo su peso y cada hombre y mujer se descubrirá en una isla.

Nuestras creencias y nuestras metas son sencillas:

Exaltamos la Imaginación y el Valor como las mayores virtudes del ser humano.

Asimismo, concebimos la Imaginación y el Valor como condiciones indispensable para el verdadero afecto.

Repudiamos el miedo a soñar y la cobardía que aprisiona los corazones de nuestro país, raíz de todos los vicios.

Rechazamos el costumbrismo gris, plaga del arte uruguayo.

Alabamos el coraje del que ofrece su corazón con libertad y sinceridad y acepta con una sonrisa el riesgo.

Nos negamos a atrapar nuestras imaginaciones con los grilletes de lo posible.

Proponemos exterminar la máscara dorada de la ironía distante con la espada de la sinceridad descarnada.

Repudiamos la crueldad hacia el prójimo, en tanto es sólo una cara más de la cobardía.

Afirmamos que cada hombre y mujer es responsable de la narración de su vida, y de la interpretación de su historia.

Consideramos que el Arte y el Amor son las piras en las que debe arder una mentalidad sofocante y esclerótica.

Gritamos que no hay mayor pecado que la mutilación de los sentimientos.

Brindamos por todo aquel que lucha y sangra por sus convicciones, cualesquiera que sean.

Nos negamos a aceptar una visión mercantil de las relaciones humanas, y cualquier teoría que busque simplificar el infinito del corazón.

Tenemos como meta un Arte venenoso, que transforme a su presa sin que ésta se de cuenta, y que despierte en ella sueños nuevos y extraños.

Sabemos que la imaginación constituye el mundo.

Entendemos la vida como transformación constante, y la pasividad mental como la muerte.

Peleamos contra la sacralización de lo banal y la banalización de lo sagrado.

Consideramos que nada tiene más valor que el encuentro sincero y descarnado entre dos personas.

Una narración es el segundo camino más corto entre dos almas. El más corto es un beso.

Proponemos la destrucción consciente y sistemática de toda muralla, toda barrera, toda prisión del sueño alado, especialmente en nosotros mismos.

Montevideo, Enero, 2011.

“Celare”

Por Santiago Ventura

Rojo, amarillo, verde. Crucé la calle y los autos frenaron. Me sentía importante, todas esas personas esperando a que yo cruzara. Miré al cielo y, allá arriba, donde los edificios terminaban, todavía había luz. Siempre odié los edificios altos, siempre odié las sombras de los edificios altos. Una señora me pechó, tuve que pedir disculpas por distraído e intentar explicarle que todo era por culpa de los edificios. Llegué a la acera de enfrente. Un viejo no vidente hacia ritmo con su bastón: tic, tac, tac, tic. Verde flúor, los números de mi reloj marcaban las doce del mediodía. El viejo esperaba para cruzar, me acerqué a su oído y le susurre “puede”. El viejo, como si me estuviera esperando, sonrío y cruzó la acera. Sonreí. Saqué un cigarrillo y lo prendí triunfante, me sentía una buena persona, sin duda que lo era. La gente frenaba para que yo pasara y ayudara a los necesitados: ¡qué más quiere uno! Amarillo, los números del ascensor se sucedían uno tras otro: 3, 2, 1. Se abrió la puerta. En el pasillo había olor a guiso. Rojo, 3, 2, 1. El microondas hizo un fuerte pitido, como de chifle. Abrí la puerta y saqué el plato de fideos. Quería hacer un estofado, así que agarré la carne, la cuchilla y comencé a cortar los trozos. Escuché un fuerte ruido proveniente de la calle, me asusté y grité. El plato de fideos se deslizó por el mármol de la cocina, planeó en el aire y cayó al piso. El utensilio de porcelana se rompió en mil pedazos al contacto con el suelo. Luego, caí sobre los fideos, la cuchilla saltó por los aires, se detuvo en la atmósfera, brilló brillantemente y me cayó encima. Miré por la ventana: mucha gente, un ómnibus parado en el medio de la calle, una ambulancia, dos paramédicos y una bolsa negra. Debajo del ómnibus un bastón. “Pip”, escuché el ruido del chifle del policía de tránsito. Me dolía el estomago y no entendía por qué. Me levanté con mucho esfuerzo, sentía puntadas en el abdomen, dolía. Me recosté en el sillón, bostecé y me quedé dormido.

Ese día me levanté y comencé a sangrar pintura. Me asusté. Era demasiada pintura. Pensé que me iba a desangrar. Se mezclaban los colores. Demasiados colores. Nunca pensé que pudiera llegar a haber tanta variedad. Los amarillos fornicaban alegremente con los azules y parían verdes. El amarillo y el naranja se confundían con mi piel. No sabía si mi cuerpo era cuerpo o era sangre. Caminé por la habitación, que nunca había estado tan colorida. Me apoyaba en las paredes a causa del dolor y la fatiga. Así comencé a pintar. Primero las paredes: azules, verdes y violetas. Seguí con el piso: turquesas y lilas. Luego el techo: púrpura. Pero los colores se mezclaban. Era mucha pintura, demasiada. La pintura bajaba por las escaleras, salía a la calle, pintaba a las veredas, a los autos y a los niños. Se trepaba a los árboles, nadaba en los ríos, buceaba en el mar y navegaba en el océano. Escalaba montañas.  Pintaba islas, ciudades, toda Europa, el blanco de los polos, el mundo entero. Tanta pintura, y tan diferente, que pintaba de azul y enseguida se volvía negro, tras mezclarse con los demás colores. Así sucedía con cada cosa que pintaba: las persianas, mis pantuflas de cuero, mi gato Arturo. Hasta el café quedó más negro. Todo negro. Las luces de las ciudades comenzaron a apagarse, las lagunas parecían no tener fondo, las ovejas parecían de carbón, las nubes  eran de tormenta. El sol comenzó a perder su luz, el día empezó a transformarse en noche, la luna era un eclipse vivo. Entonces todo quedó en penumbras y deje de ver. Un día me levanté y sangré pintura. El mundo perdió su color.

Montevideo, 2011

“Aquél Domingo”

Por Agustín Stagno 

El color del tedio es el gris. El gris en los edificios. El gris en el cielo y en la vereda. Sin embargo el gris del Domingo parece eclipsar estas cotidianas calamidades y potenciar El Gris hasta enfermar al ser más adaptado.
Toma a una persona que odie los domingos y en nueve de cada diez casos se tratará de una persona normal. Toma a una persona que ame los domingos y en nueve de cada diez casos se tratará de un completo subnormal.
No se trata de que odie al primer día (debería ser el séptimo)* pero es irrelevante enumerar las cuestiones por las cuales un Domingo tiene, en mayor o menor medida, un resultado fatalista.
En fin. Para cuando me desperté, ya no había nadie y solo quedaba el living ahogado en envases, vasos, ceniceros, charcos, colillas, cenizas y más mierdas. Podía sentir como las meninges aumentaban su talla en pulsaciones intermitentes, la lengua como una esponja reseca y las tripas licuadas.
Era un fin de semana de elecciones nacionales y la gente estaba enferma: los autos pasaban con sus tripulantes eufóricos sacando banderas y gritos por las ventanas. No se podía ver televisión y todo muro estaba pintarrajeado o acribillado con esos carteles que se pegan.
El yugo se siente bien cuando está asinado bajo una misma causa.
Estar alienado me era más cómodo. Lidiar con el resto me resultaba un esfuerzo sobrehumano. Sin embargo, ese Domingo, me sentí particularmente solo frente a la mugre general de la pasada joda. No tenía a nadie con quien compartir mi triste resaca. Pasé las horas apoyado en el balcón mirando desde ese tercer piso al mundo tan gris como mi apartamento y mi cara esperando el Lunes.

Montevideo, Mayo, 2012

“Mal Aliento”

Por Agustín Stagno 

Situación todo menos atípica: Estoy en el ómnibus, en el fondo. Siempre que puedo voy en el fondo, de pie en uno en el espacio que no tiene asientos. En algunos de estos espacios hay una especie de escalón que hace las veces de asiento cuando no puedo más. En fin. Estoy volviendo a casa en el primero de los dos ómnibus que me tomo para llegar a ella, casi todos los días hago lo mismo o por lo menos reiteradas veces a la semana ida y vuelta >Llamémosle amor<. Bien. La cuestión es que había fumado mucho tabaco (no tenía para cigarrillos) durante toda la semana como si me fueran a fusilar el mes siguiente y quisiera ganarles con un cáncer auto-inducido. Sentía la boca muy seca y los labios deshechos. Al tratar de humedecerlos me di cuenta de que la situación era peor. Comencé a ponerme paranoico por mi aliento, había estado durante aquel tiempo fuera de casa todo el día casi todos los días y no fui un >Excelente< en higiene dental. Entonces comencé a darme manija como acostumbro y proyectaba en mi cerebro recuerdos de olores asquerosos que podrían salir humeantes de la cloaca que tenía por boca. La sellé, ni siquiera un colapso en el S.N.C podría haber despegado a mis labios, de todas formas creía que me salía por la nariz, así que me di por vencido. No había mucha gente en el vehículo y por suerte no había nadie en mi escondrijo. >¿Qué más daba?<. Al fin y al cabo el hedor a mentol en la boca es una burda convicción y los productos sabor eucalyptus un mercado fracasado destinado a amantes de la naturaleza que visten Kosiuko. Así que respiré por la boca una gran cantidad de agrio dióxido de carbono y la exhalé por esa misma abertura, casi orgulloso. Fantástico. Una chica que estaba sentada en uno de esos asientos próximos a la puerta trasera, si, de esos que se enfrentan con la fila de enfrente (los peores por cierto, uno no puede casi esquivar el renegante ojeo del memo de enfrente). Me mira, o por lo menos eso creo, me pongo nervioso de nuevo, miro hacia otros lado, miro sus piernas. La vuelvo a ver a los ojos y ella me mira de nuevo. En un desesperado intento por disimular saco mi libreta del bolsillo y haciendo un extraño gesto saco una lapicera de otro bolsillo (las guardo en el interno, el que está a la altura del pecho) y empiezo a escribir las líneas que hoy tratás de encontrar justificadas, quedate tranquilo, no la hay.  La cosa es que por suerte estaba llegando a destino, me bajé una parada antes y arranqué a caminar hacia mi segundo ómnibus, pero primero iba a ir al kiosko a comprarme unos chicles, de menta o eucalyptus, no importa.
Montevideo, Octubre, 2012
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