Mal aliento

Situación todo menos atípica: Estoy en el ómnibus, en el fondo. Siempre que puedo voy en el fondo, de pie en uno en el espacio que no tiene asientos. En algunos de estos espacios hay una especie de escalón que hace las veces de asiento cuando no puedo más. En fin. Estoy volviendo a casa en el primero de los dos ómnibus que me tomo para llegar a ella, casi todos los días hago lo mismo o por lo menos reiteradas veces a la semana ida y vuelta >Llamémosle amor<. Bien. La cuestión es que había fumado mucho tabaco (no tenía para cigarrillos) durante toda la semana como si me fueran a fusilar el mes siguiente y quisiera ganarles con un cáncer auto-inducido. Sentía la boca muy seca y los labios deshechos. Al tratar de humedecerlos me di cuenta de que la situación era peor. Comencé a ponerme paranoico por mi aliento, había estado durante aquel tiempo fuera de casa todo el día casi todos los días y no fui un >Excelente< en higiene dental. Entonces comencé a darme manija como acostumbro y proyectaba en mi cerebro recuerdos de olores asquerosos que podrían salir humeantes de la cloaca que tenía por boca. La sellé, ni siquiera un colapso en el S.N.C podría haber despegado a mis labios, de todas formas creía que me salía por la nariz, así que me di por vencido. No había mucha gente en el vehículo y por suerte no había nadie en mi escondrijo. >¿Qué más daba?<. Al fin y al cabo el hedor a mentol en la boca es una burda convicción y los productos sabor eucalyptus un mercado fracasado destinado a amantes de la naturaleza que visten Kosiuko. Así que respiré por la boca una gran cantidad de agrio dióxido de carbono y la exhalé por esa misma abertura, casi orgulloso. Fantástico. Una chica que estaba sentada en uno de esos asientos próximos a la puerta trasera, si, de esos que se enfrentan con la fila de enfrente (los peores por cierto, uno no puede casi esquivar el renegante ojeo del memo de enfrente). Me mira, o por lo menos eso creo, me pongo nervioso de nuevo, miro hacia otros lado, miro sus piernas. La vuelvo a ver a los ojos y ella me mira de nuevo. En un desesperado intento por disimular saco mi libreta del bolsillo y haciendo un extraño gesto saco una lapicera de otro bolsillo (las guardo en el interno, el que está a la altura del pecho) y empiezo a escribir las líneas que hoy tratás de encontrar justificadas, quedate tranquilo, no la hay.  La cosa es que por suerte estaba llegando a destino, me bajé una parada antes y arranqué a caminar hacia mi segundo ómnibus, pero primero iba a ir al kiosko a comprarme unos chicles, de menta o eucalyptus, no importa.

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